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Primeras palabras síndrome de Down: las 100 que importan

Una guía por bloques con las 100 palabras que de verdad le sirven a tu hijo, y los tres criterios para elegir cada una según su mundo real.

Por Kerry, mamá de Uriel y fundadora de VerbaKids·29 de agosto de 2026·16 min de lectura
Ilustración: Las primeras 100 palabras: qué vocabulario enseñar primero a un niño con síndrome de Down

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La primera lista de palabras que armé para Uriel la saqué de un imprimible gratis que encontré en Pinterest. Tenía los colores, las formas geométricas y los animales de la granja. Me pareció lógico: es lo que traen todos los materiales de estimulación, ¿no? Estuvimos casi dos meses con esas tarjetas. Uriel las miraba un segundo y se iba gateando a otra cosa.

Hasta que la fonoaudióloga me hizo una pregunta que me dejó helada: ¿y dónde está la palabra mamá? ¿Dónde está Uriel? ¿Dónde está el plátano, si es lo único que pide todos los días? No estaban. Yo estaba tratando de enseñarle "rectángulo" a un niño que todavía no tenía cómo nombrar a su propia madre.

Vamos directo al grano, porque quizás estás leyendo esto de madrugada: las primeras palabras para un niño con síndrome de Down deben salir de su entorno inmediato y tener carga emocional. Su nombre, los nombres de su familia, su comida favorita, sus juguetes y las palabras que le dan poder para pedir —más, agua, no—. La frecuencia de uso y la motivación de tu hijo importan más que cualquier lista genérica.

En esta guía te comparto las 100 palabras con las que trabajamos nosotros, organizadas por bloques, y los tres criterios que uso para decidir si una palabra entra o no. Al final vas a poder armar la lista de TU hijo, que no va a ser igual a la mía — y así tiene que ser.

Por qué las primeras palabras importan tanto en síndrome de Down

En el desarrollo del lenguaje en niños con síndrome de Down hay un patrón que se repite casi siempre: la comprensión va muy por delante de la producción. Tu hijo entiende mucho más de lo que puede decir. La organización Down Syndrome Education, que lleva décadas investigando lenguaje y lectura en esta población, lo documenta de forma consistente: los niños con SD acumulan vocabulario comprensivo mucho antes de poder producirlo oralmente.

Esto tiene dos consecuencias. La primera es tranquilizadora: que tu hijo diga cinco palabras no significa que sepa cinco palabras. Probablemente entiende cincuenta o más. La segunda es estratégica: como producir cada palabra le cuesta más esfuerzo físico y de procesamiento que a otros niños —la hipotonía y las particularidades de la audición juegan su parte—, cada cupo de su vocabulario inicial tiene que rentar.

Y ahí está el punto de esta guía completa. Si tu hijo va a invertir meses en conquistar sus primeras 30, 50 o 100 palabras, que sean palabras que le sirvan para vivir: para pedir, para nombrar a su gente, para protestar, para celebrar. No para aprobar un examen de figuras geométricas.

Aquí entra un concepto que vas a escuchar harto en fonoaudiología: el vocabulario funcional. El vocabulario funcional es el conjunto de palabras que un niño necesita y quiere usar en su vida diaria: las que nombran a su gente, sus objetos, sus comidas y sus rutinas reales. Toda esta guía se construye sobre esa idea.

La regla de oro: palabras del entorno con carga emocional

Glenn Doman lo tenía clarísimo hace 60 años. En su programa de lectura, las primeras palabras que se le muestran a un niño no son sustantivos al azar: son las palabras del "yo" y de su mundo inmediato. Su nombre, mamá, papá, y de ahí hacia afuera en círculos: familia, cuerpo, casa, comida. María Victoria Troncoso, la gran referente en lectura para niños con síndrome de Down en español, parte exactamente del mismo lugar: el nombre propio del niño y las personas que ama. Su método completo está alojado en Down21 y vale la pena conocerlo entero.

¿Por qué coinciden dos métodos tan distintos justo en esto? Porque una palabra con carga emocional no compite por la atención del niño: ya la tiene. Uriel no necesita motivación externa para mirar la palabra "mamá" — yo soy su persona favorita del mundo (por ahora; disfruto mientras dure). El significado ya existe en su cabeza. La tarjeta y mi voz solo le ponen forma a algo que él ya ama.

Una palabra que tu hijo ama entra por una puerta que ya está abierta. Una palabra genérica tiene que construir la puerta, la casa y el barrio antes de poder entrar.

"Rectángulo", en cambio, no significa nada para un niño de dos años. No lo puede abrazar, no lo puede pedir, no se lo puede comer. Por eso mis dos meses de tarjetas de Pinterest fueron dos meses casi perdidos. Casi: aprendí todo esto que te estoy contando.

Los tres criterios: cómo decidir si una palabra entra a la lista

Cuando alguna mamá de la comunidad me pregunta qué vocabulario enseñar a un niño con síndrome de Down, le respondo con tres filtros. Cada palabra candidata tiene que pasar los tres:

  1. Frecuencia: ¿tu hijo la escucha o la necesita varias veces al día, todos los días? El cerebro consolida lo que se repite en contexto real. "Agua" aparece diez veces al día; "jirafa" aparece cuando van al zoológico, o sea, casi nunca.
  2. Motivación: ¿le importa emocionalmente? ¿Es una persona que ama, una comida que pide, un juguete que busca? La emoción es el pegamento de la memoria a esta edad.
  3. Funcionalidad: ¿le sirve para conseguir algo o cambiar algo de su mundo? Pedir, rechazar, llamar, mostrar. Una palabra que no hace nada es decoración.

Si dudas con alguna, hazte esta pregunta: si mañana mi hijo pudiera decir esta palabra, ¿le cambiaría el día? "Agua" le cambia el día. "Amarillo" no.

Dentro de este filtro hay una subcategoría que merece mención aparte: las palabras de poder. "Más", "no", "agua", "upa". Son las que le dan a tu hijo control sobre lo que le pasa. En nuestra experiencia, cuando Uriel pudo pedir "más" —primero con una seña, después con la voz— las pataletas en la mesa bajaron de forma notoria. No es magia: es que dejó de necesitar gritar para ser entendido.

Las primeras 100 palabras, bloque por bloque

Esta es la estructura que usamos con Uriel, adaptada de Doman y de Troncoso y filtrada por la vida real de nuestra casa. Dos advertencias antes de empezar. Los números son orientadores, no dogma. Y las palabras concretas son las nuestras: tú vas a reemplazar "plátano" por lo que tu hijo coma de verdad y "Rocky" por como se llame tu perro. Copiar mi lista textual sería repetir mi error de Pinterest con otro disfraz.

Bloque 1 — Su gente y sus palabras de poder (1 a 20)

Se empieza aquí siempre. Es el círculo más cercano y más cargado de emoción:

  • El nombre de tu hijo
  • Mamá
  • Papá
  • Los hermanos, por su nombre
  • Los abuelos, como él los llame (tata, lala, nona)
  • La mascota, por su nombre
  • Más
  • No
  • Agua
  • Upa (o "brazos")
  • Hola
  • Chao
  • Mío
  • Dame
  • Leche
  • Toma
  • Mira
  • Ya
  • Se acabó

Fíjate que "más", "no" y "dame" no son sustantivos bonitos de tarjeta. Son herramientas de negociación. Un niño que puede decir o señar "más" tiene poder sobre su mundo, y eso es exactamente lo que el lenguaje ES a los dos años.

Bloque 2 — Su cuerpo (21 a 35)

El cuerpo tiene una ventaja imbatible: está siempre disponible y se puede tocar mientras se nombra. Palabra, tacto y sensación llegan juntos, y eso ayuda a que la palabra se quede:

  • Mano
  • Pie
  • Ojo
  • Boca
  • Nariz
  • Oreja
  • Pelo
  • Guata (o panza)
  • Diente
  • Dedo
  • Cara
  • Cabeza
  • Pierna
  • Brazo
  • Cola

Además, las rutinas de baño y de vestirse las repiten solas todos los días sin que tengas que armar ninguna sesión. "¿Dónde está tu nariz?" en la tina vale tanto como cualquier tarjeta.

Bloque 3 — Su comida real (36 a 55)

No la pirámide alimenticia: lo que tu hijo come de verdad. La comida es el territorio de mayor motivación que existe a esta edad, y cada comida es una oportunidad de pedir. Nuestra lista:

  • Plátano
  • Pan
  • Palta
  • Sopa
  • Huevo
  • Manzana
  • Galleta
  • Yogur
  • Queso
  • Arroz
  • Fideos
  • Jugo
  • Pollo
  • Tomate
  • Naranja
  • Uva
  • Papa
  • Cuchara
  • Plato
  • Vaso

Sí, metí cuchara, plato y vaso: son los objetos que rodean el acto de comer y aparecen tres veces al día. Si tu hijo odia el tomate, sácalo. La regla es la motivación, no la nutrición.

Bloque 4 — Sus objetos y juguetes (56 a 75)

Las cosas que toca, busca y pelea todos los días:

  • Pelota
  • Auto
  • Libro (o cuento)
  • Oso
  • Muñeca
  • Tren
  • Burbujas
  • Globo
  • Zapato
  • Polera
  • Pañal
  • Cama
  • Silla
  • Puerta
  • Luz
  • Tele
  • Teléfono
  • Llaves
  • Mochila
  • Calcetín

Si tu hijo tiene una obsesión —autos, dinosaurios, lo que sea—, dale más espacio aquí. Un niño obsesionado con los autos puede aprender "auto", "camión" y "rueda" mientras uno indiferente batalla con una sola. La obsesión no es un problema: es un motor.

Bloque 5 — Acciones y estados (76 a 95)

Los verbos llegan después de los sustantivos, pero no tan después como creemos. Sin verbos no hay frases, y las acciones de la rutina diaria son las más fáciles de anclar:

  • Comer
  • Dormir
  • Jugar
  • Baño (bañarse)
  • Salir
  • Correr
  • Saltar
  • Abrazo
  • Beso
  • Caca
  • Pipí
  • Arriba
  • Abajo
  • Caliente
  • Frío
  • Grande
  • Chico
  • Rico
  • Feo
  • Abrir

Sé que "rico" y "caliente" no son verbos. Este bloque es de palabras de acción y de estado: las que describen lo que está pasando ahora. "Caliente" además protege: es de las primeras palabras de seguridad que vale la pena instalar.

Bloque 6 — Las cinco que elige tu hijo (96 a 100)

Deja cinco cupos libres para lo que tu hijo ame sin que tenga ninguna lógica. Con Uriel fue "luna". Todas las noches la señalaba desde la ventana del living, fascinado. "Luna" no pasa ninguno de mis tres filtros —no se pide, no se come, no sirve para nada práctico— y aun así fue una de sus primeras diez palabras, porque la amaba. Cuando la motivación y la lógica chocan, gana la motivación. Siempre.

Cómo enseñar estas palabras: la doble vía que usamos en casa

Cómo enseñar a hablar a un niño con síndrome de Down es, en realidad, dos preguntas distintas: cómo llenar su comprensión y cómo facilitar su producción. En casa trabajamos las dos por vías paralelas, y ninguna reemplaza a la fonoaudióloga — la complementan.

Vía 1: el baño de lenguaje. Nombrar en contexto, con frases cortas y la palabra clave al final o enfatizada. Cuando Uriel señala el plátano, yo no se lo paso callada. Digo "plátano", clarito, mirándolo a los ojos. Espero tres segundos con cara de expectativa. Si dice algo —"tano", "ta", lo que salga— celebro y se lo paso. Si no dice nada, se lo paso igual. La comida nunca es rehén del lenguaje: eso solo genera angustia y le agria la relación con las palabras.

Vía 2: la lectura global con tarjetas. La palabra escrita en grande —al estilo Doman— o acompañada de imagen —al estilo Troncoso—, en sesiones de segundos, dos o tres veces al día, con grupos de cinco palabras. ¿Por qué funciona tan bien esta entrada en SD? Porque muchos niños con síndrome de Down procesan mejor lo visual que lo auditivo: el sonido desaparece apenas lo dices, pero la palabra escrita se queda quieta, esperándolo. La estimulación del lenguaje por la vía visual aprovecha su punto fuerte en vez de golpear su punto débil.

Un apunte importante sobre gestos y señas. Si tu fonoaudióloga te propuso apoyar el habla con señas —algo muy común en atención temprana—, no le tengas miedo. Lo que he leído y lo que vivimos con Uriel sugiere que los gestos acompañan y facilitan la comunicación mientras la vía oral madura; no la reemplazan ni la frenan. Instituciones como Down España promueven los sistemas aumentativos de comunicación en atención temprana justamente por eso. Uriel señó "más" seis meses antes de poder decirlo. Esa seña nos ahorró cientos de pataletas.

Y una palabra sobre el esfuerzo físico: la hipotonía que suele acompañar al síndrome de Down hace que coordinar labios, lengua y respiración para hablar sea un trabajo real. Por eso las aproximaciones —"aua" por agua— no son errores. Son logros de ingeniería en proceso.

Los errores que cometí con Uriel (para que tú te los saltes)

Error 1: empezar por vocabulario académico. Ya te conté lo de los colores y las formas. Los colores son abstractos, no se piden y no cargan emoción. Llegan solos más adelante, cuando ya hay una base de palabras que sí importan.

Error 2: contar solo las palabras "perfectas". Durante meses dije que Uriel "no tenía palabras" porque yo esperaba escuchar "agua" con todas sus letras. Tenía "aua", tenía la seña de más, tenía "mamamama" dirigido a mí. Todo eso ES lenguaje. Cuando empecé a contarlo, descubrí que mi hijo llevaba meses hablándome y yo no le estaba poniendo el visto.

Error 3: corregir en vez de modelar. Nada de "no, se dice PLÁ-TA-NO". Eso solo le enseña que hablar contigo tiene examen. Lo que funciona es repetir la forma correcta con naturalidad y entusiasmo: "¡Sí! Plátano. Qué rico el plátano". Él escucha el modelo correcto tres veces sin sentir que falló ninguna.

Error 4: rotar las palabras demasiado rápido. Me aburría yo antes que él y cambiaba las tarjetas cada semana. En SD la consolidación necesita más repeticiones de las que tu ansiedad quisiera. Mejor quedarse de más que sacar una palabra a medio instalar.

Error 5: compararme con las listas de otros niños. En los grupos de WhatsApp siempre hay una mamá cuyo hijo "ya dice 40 palabras". Cada niño con síndrome de Down tiene un perfil propio de desarrollo, y la lista del hijo de otra —las palabras y el ritmo— no dice nada sobre el tuyo. Me costó harto soltarlo. Todavía me cuesta a veces.

Cómo saber que una palabra ya entró (y cuándo rotarla)

Hay señales de comprensión: mira el objeto correcto cuando dices la palabra sin señalar, lo busca cuando se lo pides, sigue una instrucción simple que la incluye. Y hay señales de producción: una aproximación consistente (siempre "tano" para plátano), una seña estable, o —el premio mayor— usarla espontáneamente, sin que tú la digas primero.

Cuando una palabra muestra reconocimiento consistente durante una o dos semanas, sale de las tarjetas y entra una nueva. Ojo: sale de las tarjetas, no de la vida. Las palabras "graduadas" se mantienen vivas en el habla diaria. Mi sistema de registro es una hoja pegada al refrigerador con tres columnas: la entiende, la aproxima o la seña, la dice. Cero tecnología, funciona perfecto.

Y sobre el ritmo, la verdad sin adorno: en síndrome de Down es más lento y más irregular de lo que promete cualquier método. Hay semanas de meseta total y de pronto tres palabras en cinco días. Las mesetas no son retrocesos: casi siempre son consolidación silenciosa. Lo aprendí a la fuerza, llorando una noche frente a la hoja del refrigerador que llevaba tres semanas sin cambios. A la cuarta semana llegaron dos palabras juntas.

Tu lista empieza hoy, con 20 palabras

Hoy la palabra "rectángulo" me da un poco de risa. Las tarjetas de Pinterest siguen en un cajón, como recordatorio de que la mejor lista de primeras palabras para un niño con síndrome de Down no está en ningún imprimible: está caminando por tu casa, pidiendo plátano y señalando la luna.

Si quieres empezar, arma esta semana solo el bloque 1 —tus primeras 20— y pruébalo unos días por las dos vías. Y si te sirve tener las tarjetas listas, personalizadas y organizadas por bloques sin pelear con la impresora un domingo a las once de la noche, eso es exactamente lo que hace VerbaKids. Si te trabas armando tu lista, escríbeme a hola@verbakids.com: leo todo lo que llega.

Me quedo con una pregunta para ti: ¿cuál crees que va a ser —o cuál fue— la primera palabra con carga emocional de tu hijo? En mi experiencia, casi nunca es la que una espera.

Preguntas frecuentes

¿A qué edad dice sus primeras palabras un niño con síndrome de Down?
El rango es amplio: muchos niños con SD dicen sus primeras palabras entre los 2 y los 4 años, algunos antes y otros después, y las señas suelen llegar meses antes que la voz. Lo importante no es la fecha sino la trayectoria: que la comprensión crezca y que haya intención de comunicar, con gestos, señas o aproximaciones. Si tienes dudas, consúltalo con su fonoaudióloga.
Mi hijo con síndrome de Down entiende todo pero no habla, ¿es normal?
Es el patrón más común en síndrome de Down: la comprensión va muy por delante de la producción, en parte por la hipotonía y el esfuerzo físico que implica articular. Que entienda mucho es una excelente señal — significa que el vocabulario se está acumulando por dentro. Trabaja la entrada (nombrar, tarjetas, señas) y dale salidas alternativas mientras la voz madura.
¿Enseñar señas o gestos retrasa el habla en niños con síndrome de Down?
Lo que he leído y lo que vivimos en casa sugiere que no: las señas dan una vía de salida a lo que el niño ya entiende y suelen acompañar y facilitar la comunicación mientras el habla oral madura. Instituciones como Down España promueven los sistemas aumentativos en atención temprana. Uriel señó 'más' seis meses antes de decirlo, y eso bajó muchísimo su frustración.
¿Cuántas palabras le enseño a la vez con las flashcards?
Grupos de cinco palabras funcionan bien: suficientes para variar, pocas para consolidar. Sesiones de segundos —unos tres segundos por tarjeta—, dos o tres veces al día, siempre terminando antes de que se aburra. Cuando reconoce una palabra de forma consistente durante una o dos semanas, la retiras de las tarjetas, entra una nueva y la 'graduada' se mantiene viva en el habla diaria.
¿Cuenta como palabra si lo dice mal, como 'aua' en vez de 'agua'?
Cuenta, y mucho. Una aproximación consistente —siempre el mismo sonido para el mismo significado— es una palabra en construcción, no un error. La hipotonía hace que coordinar labios, lengua y respiración sea un trabajo físico real. Responde al 'aua' como si fuera perfecto y modela la forma correcta con naturalidad: '¡Sí! Agua'. Sin corregir, sin examen.
¿Puedo empezar con las tarjetas antes de que diga su primera palabra?
Sí, y de hecho tiene sentido: en síndrome de Down la comprensión se construye mucho antes que la producción, y la entrada visual es el punto fuerte de muchos de estos niños. Mostrar palabras escritas de su entorno alimenta ese vocabulario interno que después buscará salida por voz o por seña. No estás adelantándote: estás llenando el estanque.
¿Qué hago si mi hijo solo se interesa por una cosa, como los autos?
Úsalo a tu favor. La obsesión es un motor, no un problema: un niño fascinado con los autos puede aprender 'auto', 'camión' y 'rueda' con la mitad del esfuerzo que le costaría una palabra indiferente. Dale espacio a su tema en la lista y cuelga de él palabras de poder: 'más auto', 'dame', 'no'. Desde la motivación se expande; contra la motivación, no.
¿Sirve empezar enseñándole los colores y los números?
En mi experiencia, no como primeras palabras. Los colores y los números son abstractos: no se piden, no se abrazan, no cambian el día del niño. Con Uriel perdí casi dos meses en eso. Funciona mucho mejor empezar por su gente, su comida y sus palabras de poder, y dejar el vocabulario académico para cuando ya exista una base funcional que le sirva para vivir.

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